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Los girasoles habían sido sembrados durante aproximadamente una semana y media —a mediados de primavera— por Juan y Sofía, los dueños del cultivo, ayudados por Ovidio; antiguo combatiente en el frente noroeste —y posteriormente trasladado a Moldavia— que en los últimos años y hasta que fuera acogido por la pareja de granjeros, se había dedicado a vagar sin rumbo desde que, al volver al pueblo, descubriera su casa vacía, por haber muerto su mujer, su madre y su hijo de cuatro años en un brote infeccioso.

Ahora, recién comenzado el verano, ya habían pasado varias semanas desde que los girasoles florecieran, y aunque aún no se encontraban en el punto ideal de maduración, la amenaza de una plaga que estaba azotando las cosechas vecinas hacía que la pareja de granjeros se debatiera entre realizar la recogida de forma prematura —perdiendo así gran parte del potencial del cultivo— o esperar y respetar el calendario. Esto último, por un lado, aseguraría que tendrían suficientes frutos para su manutención y comercio de cara al invierno —si todo iba bien—, pero por otro, los exponía a perder el trabajo de todo el año, lo que seguramente los obligaría a vender las tierras, que eran su única posesión material, y —si el nuevo capataz no hacía disposición de ellos como mano de obra—  emigrar al sur, como habían hecho tantas familias del pueblo anteriormente.

Se dice que hay muchas matemáticas en los girasoles, y que incluso hay ecuaciones y fórmulas que sirven para explicar la distribución de sus semillas en el capítulo, (la cabeza de la flor) o para averiguar el número máximo de estas plantas que se pueden conseguir en una hectárea, no obstante, no es algo con lo que Juan hubiera podido estar de acuerdo. Juan nunca había sido bueno para las cuentas, pues apenas había ido un par de años a la escuela en su juventud, de hecho, siempre pedía ayuda a Sofía a la hora de negociar con los posibles compradores, y era ella quien se encargaba de ir al mercado los fines de semana a comprar lo necesario para el abastecimiento del hogar y del granero. Sin embargo, Juan conocía los girasoles, los conocía y los entendía, porque se había dedicado a cultivarlos y cuidarlos desde que, a los ocho años, su hermano mayor partiera al frente, y él tuviera que quedarse a cargo de ayudar a su padre y su hermana en la granja familiar.

Por eso, a Juan nunca se le hubiera ocurrido hacer una serie de cálculos sobre cuál sería el porcentaje del fruto que podrían salvar si cosechaban ya, y cuál el porcentaje de riesgo que estaban corriendo por esperar. Juan paseaba, cada tarde al caer el sol y después de haber finalizado las tareas diarias, paseaba entre las hileras de girasoles mientras escuchaba, escuchaba el susurro del viento que corría entre las hojas y escuchaba lo que tenían que decirle sus girasoles, prestando especial atención a sus quejas, para dilucidar si estas eran las habituales —según Juan, los girasoles se quejan por gusto de puro aburrimiento— o, por el contrario, había un origen distinto y desconocido en las reclamaciones de las plantas que hiciera temer lo peor.

Fue durante uno de estos paseos, habiendo llegado ya a los límites de la plantación y decidido a dar media vuelta y volver a casa, tranquilo porque los girasoles aguantaban sanos —lo cual le infundía esperanzas de que conseguirían su objetivo— que divisó una gran columna de humo, procedente, parecía ser, de las afueras del pueblo, o incluso quizá del pueblo vecino. No pudo evitarlo, lo interpretó como un mal augurio, lo que le hizo acelerar el paso de vuelta casa y desear encontrase allí con Sofía, que había salido aquella tarde al pueblo a por algunos víveres.

Apenas le quedaban por recorrer unas decenas de metros, e incluso ya podía divisar la espalda del granero apareciendo en la ladera de la colina, cuando le interceptó Ovidio, que iba de camino al pueblo, y que le contó —sin poder ocultar su agitación— que lo habían llamado para que se presentara en la gendarmería. Al parecer, un coronel brabucón y soberbio había provocado algunos conflictos en zonas cercanas a la frontera, a lo que las tropas enemigas respondieron con la ofensiva y toma de uno de los puntos estratégicos de la región. La tregua, frágil hasta entonces, había terminado por romperse, y la sombra de la guerra volvía a cernirse sobre ellos.

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