21 de julio again [cualquier canción de Michael Nyman me vale].

No voy a hablar de lo que significó este día para mí hace dos años porque ya lo hice en este flashback.

Hoy vengo a hablar de proyectos, del futuro, y de proyectos de futuro: de nuevos comienzos, de nuevo.

Fera FeraL ha muerto tantas veces o más que el más negro de los gatos. La conversión se ha realizado; el verso ha dado paso a la prosa. Las profecías y escenificaciones, las alegorías del ciclo eterno, se han hecho realidad. Os presento mi nueva web: www.escritorimpostor.es .

Esta web será mi sala multiusos personal; el modo de reunir todas mis ideas bajo un mismo techo. Si quieres conocer mejor la motivación y el trasfondo del proyecto puedes hacerlo en la FAQ.

De momento tan solo decirte: ¡Bienvenido! ¡Pasen y vean! y, ¡Vuelve pronto! Iré actualizándola paulatinamente con material interesante (y de momento, tengo mucho en la recamara).

Besos y abrazos. Estamos en contacto.

—Fera FeraL.

Tiempo de lectura: 1 min

Los girasoles habían sido sembrados durante aproximadamente una semana y media —a mediados de primavera— por Juan y Sofía, los dueños del cultivo, ayudados por Ovidio; antiguo combatiente en el frente noroeste —y posteriormente trasladado a Moldavia— que en los últimos años y hasta que fuera acogido por la pareja de granjeros, se había dedicado a vagar sin rumbo desde que, al volver al pueblo, descubriera su casa vacía, por haber muerto su mujer, su madre y su hijo de cuatro años en un brote infeccioso.

Ahora, recién comenzado el verano, ya habían pasado varias semanas desde que los girasoles florecieran, y aunque aún no se encontraban en el punto ideal de maduración, la amenaza de una plaga que estaba azotando las cosechas vecinas hacía que la pareja de granjeros se debatiera entre realizar la recogida de forma prematura —perdiendo así gran parte del potencial del cultivo— o esperar y respetar el calendario. Esto último, por un lado, aseguraría que tendrían suficientes frutos para su manutención y comercio de cara al invierno —si todo iba bien—, pero por otro, los exponía a perder el trabajo de todo el año, lo que seguramente los obligaría a vender las tierras, que eran su única posesión material, y —si el nuevo capataz no hacía disposición de ellos como mano de obra—  emigrar al sur, como habían hecho tantas familias del pueblo anteriormente.

Se dice que hay muchas matemáticas en los girasoles, y que incluso hay ecuaciones y fórmulas que sirven para explicar la distribución de sus semillas en el capítulo, (la cabeza de la flor) o para averiguar el número máximo de estas plantas que se pueden conseguir en una hectárea, no obstante, no es algo con lo que Juan hubiera podido estar de acuerdo. Juan nunca había sido bueno para las cuentas, pues apenas había ido un par de años a la escuela en su juventud, de hecho, siempre pedía ayuda a Sofía a la hora de negociar con los posibles compradores, y era ella quien se encargaba de ir al mercado los fines de semana a comprar lo necesario para el abastecimiento del hogar y del granero. Sin embargo, Juan conocía los girasoles, los conocía y los entendía, porque se había dedicado a cultivarlos y cuidarlos desde que, a los ocho años, su hermano mayor partiera al frente, y él tuviera que quedarse a cargo de ayudar a su padre y su hermana en la granja familiar.

Por eso, a Juan nunca se le hubiera ocurrido hacer una serie de cálculos sobre cuál sería el porcentaje del fruto que podrían salvar si cosechaban ya, y cuál el porcentaje de riesgo que estaban corriendo por esperar. Juan paseaba, cada tarde al caer el sol y después de haber finalizado las tareas diarias, paseaba entre las hileras de girasoles mientras escuchaba, escuchaba el susurro del viento que corría entre las hojas y escuchaba lo que tenían que decirle sus girasoles, prestando especial atención a sus quejas, para dilucidar si estas eran las habituales —según Juan, los girasoles se quejan por gusto de puro aburrimiento— o, por el contrario, había un origen distinto y desconocido en las reclamaciones de las plantas que hiciera temer lo peor.

Fue durante uno de estos paseos, habiendo llegado ya a los límites de la plantación y decidido a dar media vuelta y volver a casa, tranquilo porque los girasoles aguantaban sanos —lo cual le infundía esperanzas de que conseguirían su objetivo— que divisó una gran columna de humo, procedente, parecía ser, de las afueras del pueblo, o incluso quizá del pueblo vecino. No pudo evitarlo, lo interpretó como un mal augurio, lo que le hizo acelerar el paso de vuelta casa y desear encontrase allí con Sofía, que había salido aquella tarde al pueblo a por algunos víveres.

Apenas le quedaban por recorrer unas decenas de metros, e incluso ya podía divisar la espalda del granero apareciendo en la ladera de la colina, cuando le interceptó Ovidio, que iba de camino al pueblo, y que le contó —sin poder ocultar su agitación— que lo habían llamado para que se presentara en la gendarmería. Al parecer, un coronel brabucón y soberbio había provocado algunos conflictos en zonas cercanas a la frontera, a lo que las tropas enemigas respondieron con la ofensiva y toma de uno de los puntos estratégicos de la región. La tregua, frágil hasta entonces, había terminado por romperse, y la sombra de la guerra volvía a cernirse sobre ellos.

Tiempo de lectura: 4 min

Éramos los verdaderos hijos del trueno, surcábamos el cielo, desde el barrio del Carmen al espacio. Me montaba en ella y decía: hora de conquistar la eternidad / incursiones en el caos a lomos de la libertad. ¡Oh, Ave María Santísima! Cómo bajábamos la cuesta, cómo dábamos la curva del colegio, observados por las marujas de la esquina y los borrachos del quiosco. Quedábamos después de comer en la plaza de la ermita o en las pistas, para hacer viajes interestelares, saltando de un mundo paralelo al siguiente, más rápido que la luz, porque aún no habían inventado el tiempo.

Con las melodías en la cabeza de Thunderstruck y Back in Black de los discos de mi hermano que escuchaba en casa; con el pelo de cazo —que con tanto esmero domaba mi madre— al viento y desquiciado; con el corazón al ritmo de una locomotora, pum pum, pum pum pum; con el cuerpo lleno de heridas de guerra; con la camiseta de publicidad y el pantalón siempre corto, porque si te lo ponías largo y se te metía en el plato y le hacías un siete ya sabías la que te esperaba en casa; con los tenis con la suela desgastada —por utilizarlos como freno de emergencia— y con las manos llenas de grasa cuando se te salía la cadena; esos éramos nosotros cada tarde.

Y cada tarde, la pugna interminable. El objetivo: decidir quién era el rey de la pista, el más cabra. En juego: tu honor. En la balanza: tu valor. Emulando a los bicivoladores, nos tirábamos por las escaleras, nos poníamos de pie en el cuadro, primero practicábamos el pinico y luego nos hacíamos el chulo delante de las niñas. Construíamos rampas con una tabla y unos ladrillos y las saltábamos ágiles como panteras. Eso, claro, cuando no te pegabas el jarapazo, con sus respectivas secuelas: el que se partía un diente, los moratones, perennes, algún esguince e incluso un hueso de vez en cuando. Pero volvíamos sin miedo, a la tierra y al alquitrán, y al barro, a las quemaduras y los sollones (me costaba horrores no rascarme la costra), a pesar de los problemas mecánicos: los llantazos constantes, las manetas demasiado duras o los cambios mal regulados, que te buscabas la vida para solventar cuanto antes, pues no tener montura era no estar en la onda, estar fuera de juego, ser un peatón o no ser nadie.

Aún recuerdo al dedillo cómo arreglábamos los pinchazos: sacabas la rueda del cuadro, separabas la cubierta de la llanta con dos cubiertos del revés y extraías la cámara, que inflabas (con un bombín seguramente prestado) e introducías en un barreño con agua, a la vez que ibas girándola para ver de dónde salían pompas. Una vez localizado el pinchazo, se marcaba con un bolígrafo y se desinflaba la cámara. Luego: secado, lijado, pegamento, parche (seguramente también prestado) y presión con algún objeto de superficie plana. Cinco minutos después estabas revirtiendo el proceso de desmontado, preparado para volver al ruedo como un semental con herraduras nuevas.

¡Amalgama de recuerdos! La mano en la espalda, de mi padre, la primera vez que me quitaron las ruedecillas en la calle de la casa; el accidente que tuve saliendo de esa misma calle y le costó un disgusto a mi madre; las carreras de cintas en las fiestas del barrio; las charlas en el recreo sobre los distintos modelos de la época (yo soñaba con la California); el año que los reyes me trajeron la primera que tuve con ruedas grandes y sentí que el niño se convertía en adulto; la vez que cogí la de mi hermano mayor sin permiso y fui el rey por una tarde; la rueda que me dobló un coche aparcando marcha atrás y la impotencia que sentí; o cuando me la intentaron robar pero por suerte me alertó uno de mis vecinos. Las ocasiones en las que pedíamos azadas y palas prestadas porque habíamos tenido la ocurrencia de construir nuestro propio circuito —aunque la ambición solo nos durara una semana—; los nudos en el pecho del miedo y la adrenalina, cuando nos íbamos a los bancales a tirarnos por las acequias, o de incursión por los pinicos, o cuando las echábamos al cuatro latas de mi padre y nos íbamos a la ciudad. Bajábamos toda la rambla Obispo Orberá hasta el paseo marítimo, él, mi hermano y alguno más de la pandilla que se apuntara. El sol almeriense y la brisa con sabor a mar golpeándome en la cara, con el plato grande y el piñón pequeño alineados y las piernas empujando los pedales con furia, llevando la máquina hasta el límite. ¡Amalgama de recuerdos! Apología de la nostalgia… Historias de bicis.

—¿Qué pasa, abuelo? Otra vez quedaste catatónico viendo la tele.

—Nada, nene, nada… Anda, hazme el favor y súbele el volumen, la etapa está interesante y yo cada vez escucho menos.

FIN


Nota al pie: El verdadero título del relato es Bicidoscopio. Lo cuento al final, para no dar pistas al principio.

En Madrid, a doce de septiembre de dos mil dieciocho.

Fera FeraL.

#historiasdebicis

Tiempo de lectura: 4 min

Angustia existencial, traiciones y puñales, el corazón pisoteado y escupido y el alma embargada. Lo más parecido a un no-escritor que nunca leerás nunca, música para alimentar mi tinnitus y más tensión en la espalda que las cuerdas de un piano.

A ver si un café me anima, a ver si una ducha me anima, a ver si un polvo me anima. Sísifo, en tu búsqueda de la salida del laberinto, estás construyendo muros, porque no se siente con la cabeza igual que no se piensa con la barriga.

Ahora respira, cierra la boca y respira por la nariz, cierra los ojos e imagina un cielo claro, imagina un prado verde, o imagina una sala blanca y luminosa con una esfera flotando en el centro. Te resulta familiar porque ya has estado allí, ahí, aquí.

Exhala, te imaginas allí, ahí, aquí, pero te imaginas sin cuerpo, no lo necesitas porque tú eres, eres la brizna del prado, eres el aire del cielo, no existes y formas parte de cada detalle de cada elemento que tu imaginación pueda situar en la escena. Eres la marca en el plumaje del ala que se hizo al rozar con el tronco de un castaño de indias, escapando de un depredador, una de las aves de la bandada que cruza tu cielo. Eres la semilla que carga una hormiga obrera por tu prado, eres su endosperma y su embrión, el nutriente, la proteína, eres el cromosoma y las células, materia y antimateria a niveles moleculares. Nunca lo habías visto antes porque solo puede verse con los ojos cerrados. Sin embargo, extrañamente, ya sabías cómo sería todo aquello, eso, esto, porque ya habías estado, porque sigues estando.

Volvamos a la sala blanca, a la esfera flotando. Te encuentras ansioso por sacar una conclusión pero, esta vez, no la hay. El origen del error está en las manías de tu psique, en esa parte de ella que se dedica a memorizar y analizar patrones y buscar relación entre los mismos para intentar conseguir así alguna ventaja en la carrera por tu supervivencia y la de tu especie. Quizá allí, ahí, aquí, esas reglas lógicas no proceden, pensar no funciona y encima se te ha olvidado cómo realizar el acto de sentir. Quizá, el problema, la solución, es que para encontrar la salida al laberinto, tienes que dirigirte al centro.

ABNEGACIÓN: Acto I – A New Beginning. Ya disponible en Youtube.

Tiempo de lectura: 2 min

Un grito desesperado, un aullido, un suicidio tanto emocional como musical, rimas y ruinas. Accidentes de tráfico.

El otro día conversaba con un amigo, dijimos (de los humanos) “somos traumas con patas”, sonó drástico pero aún más cierto. Demasiados años trabajando con ordenadores supongo, aunque lo de la asocialidad y la falta de tacto creo que me es innato, el problema de analizarlo todo es que no tiene un botón de encender y apagar a voluntad.

Claro que la gente cambia, pero eso deja marca, como una abolladura en la chapa de un coche, como me dijeron una vez en Ronda: lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma. Es muy fácil tener cosas que contar cuando estás llenx de dxlxr y es el dxlxr el que habla. Pero uno elige cómo contarlas, guardártelo para ti es cocinar odio, luego caduca y se queda el rencor, y luego una mancha fea como de aceite en el sofá, indistinguible. Es por eso por lo que yo prefiero rimarlo cuanto antes, sublimar como decía Freud.

ABNEGACIÓN: Acto I – A New Beginning. Ya disponible en Spotify, HHGroups y el SoundCloud de City Cobras.

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