Ayer pensé en llamarte.

Tengo un grupo de wassap en el que estoy yo solo.

La idea se la tomé prestada a un compañero de trabajo. Creas un grupo de wassap con alguien más para acto seguido expulsarlo. A partir de ese momento puedes utilizar el grupo para escribir notas cuando no tienes nada mejor a mano.

Mi grupo unipersonal se llama así: «Notas». El caso es que, a pesar de lo útil que es, apenas lo utilizo, ya que suelo tener la agenda a mano. Pero ayer, que fui a utilizarlo, no lo veía entre tanta conversación, así que decidí utilizar el buscador. Escribí «notaa». Sí, mal. Cambié la s por la a, y cuando le di a «buscar», en vez de llegar a donde quería llegué a otro lugar totalmente extraño para mí. Al principio.

Aparecí en mitad de una conversación con un número que no tengo en la agenda. La otra persona había escrito «Ya escuché la notaaa». Me llamó la atención porque ella, la otra persona, me trataba de «mi amor» y yo la trataba de «cielo».

Al principio creí que era la colombiana con la que tuve un tórrido y breve romance el año pasado, pero no.

Seguí el hilo de la conversación y descubrí que eras tú.

En ese instante un rápido flashback me devolvió a dónde me devuelven todos los estímulos que relaciono contigo: Al corte de comunicaciones, el trauma de la no despedida.

Automáticamente, llevado por la intriga, le di al botón que aparece en la esquina inferior derecha que te permite ir al final de la conversación y leí las últimas palabras que intercambiamos:

—Mierda te he llamado sin querer.
Por el teclado roto.    
Perdona.

—No pasa nada.

…ese fue el final.

Es curioso porque hace poco leí que es habitual en los tiempos que corren. Hasta le han puesto un nombre: Ghosting.

Me di cuenta de que, aunque había borrado tú número hace mucho, ahora lo tenía delante de mis ojos. Pensé en llamarte. Preguntarte qué tal te va. 

Recordé que he escuchado que a veces dices cosas graves de mí. Otras muy graves. Yo nunca hablo de ti, solo cuando me preguntan mi opinión sobre esas cosas que dices.

Ayer pensé en llamarte, pero no lo hice.

Tiempo de lectura: 2 min

Un niño inocente atrapa una libélula dentro de una botella.
Veinte años después se debate por acallar el ruido. Las interferencias.
Estar solo en un sitio a la vez, casi imposible.
Gritar más que los demás, o que quede todo el silencio.
Se hizo mayor y perdió el superpoder de parar el tiempo.
Cayó en la trampa, se resbaló en la pendiente
y ya no sabe como frenar.
Toma velocidad, gana peso.
El impacto será fatal.
Tic tac.
Tic.
.


Este microrrelato fue escrito con motivo del ejercicio de escritura propuesto por Literautas en el que se debían de utilizar las palabras: inocente, trampa y botella.

Tiempo de lectura: 1 min

Pagaron el ticket y se montaron en la barca, ella y él, jóvenes y enamorados, en el que sería el día más especial de sus vidas.

Ella: madrileña, traductora de profesión. Después de varios años trabajando en el extranjero había retornado a su ciudad natal decidida a plantar cara a sus fantasmas. Al volver descubrió que, durante su ausencia, la mayoría de sus antiguas amistades habían abandonado la ciudad o, peor aún, cambiado lo suficiente como para ya no ser los mismos y no conservar nada de lo que habían tenido en común. Eso le hacía sentirse sola.

Él: almeriense, analista informático. Después de varios años sintiéndose estancado, acumulando hastío existencial, se mudó a Madrid en busca de nuevos horizontes. Habiendo dejado atrás todo lo que amaba y sin conocer a nadie en su nuevo destino, aun dudaba sobre si había tomado o no la decisión correcta. Eso le hacía sentirse solo.

Primero remó él, alejándose lentamente del embarcadero mientras se hacía con el manejo del bote. Debido a la disposición de los escálamos tenía que colocarse de espaldas a la dirección de avance, lo que añadía un grado de dificultad a la tarea a unos marineros novatos como ellos. Por un lado, él tenía que girar en la dirección opuesta a la que le pedía su instinto; por el otro, ella tenía que asumir el papel de capitana de la embarcación, decidir la ruta y dar las indicaciones necesarias para esquivar a los navegantes que pudieran cruzarse de similar torpeza a la suya.

Llegado un momento se intercambiaron los papeles. Siendo ella una remadora menos hábil y él un capitán más malicioso en sus indicaciones, terminaron por chocar con una barca vecina tripulada por una familia al completo con los hijos a la cabeza. A pesar de no tener el golpe ningún tipo de consecuencias estuvieron un buen rato bromeando, entre risas, sobre llamar a las autoridades e intercambiarse los seguros de las embarcaciones. Una vez terminadas las chanzas se despidieron amistosamente y cada grupo siguió su camino.

Remaron hasta el centro del lago y dejaron la barca a la deriva decididos a hacer un descanso. Rodeados de ocas y bañados por el sol estival se acomodaron en el fondo del bote. Él apoyo su cabeza contra la borda, colocándose de manera que ella pudiera hacer lo mismo en su pecho, acción que transcurrió de forma natural y en completo silencio, solo acompañada por el murmullo y las risas del resto de navegantes que jugaban en el lago. Completando el paisaje sonoro, alcanzaba a distinguirse un violinista callejero que tocaba en el parque a cambio de propinas, la mañana iba bien para él así que se atrevía con canciones más de gusto propio y desconocidas. En ese momento, interpretaba The other side de Michael Nyman.

Cuando se besaron, todo se paró por un instante y ese instante se volvió eterno; hay momentos en la vida que transcienden al resto.

Se escuchó un ruido sordo, lejano. Miraron en la dirección que provenía, no vieron nada, no escucharon nada más, así que volvieron a posar sus miradas en sus miradas y continuaron el beso interrumpido. Entonces, una ola gigante de fuego los calcinó y consumió sus cuerpos hasta desintegrarse y convertirse en polvo, para pasar así a formar parte del vacío, en apenas una fracción de segundo.

FIN

Tiempo de lectura: 3 min

—No se pueden tener ideas originales con los plomos fundidos, y eso es lo que me pasa, mi mente se ha vuelto adicta al fast food sensorial. El entorno me bombardea constantemente con información que no necesito y yo quiero más y más cada vez. Pero luego, a la hora de crear, mi mente ya no funciona, me siento estéril.

—Relájate, tú simplemente relájate ¿Vale? Te comes demasiado el coco ¡Tienes que fluir más! Relájate y escribe, sobre todo escribe. Sé lo que estás pensando ¿Qué vas a hacer si no sabes sobre qué escribir? Bueno, pues entonces escribe que no sabes sobre qué escribir, o sobre eso de los plomos fundidos. Tu problema es que no entiendes cómo funciona esto, te crees que es como un viaje vacacional, quieres saber cuál es el destino antes de montar en el avión, sentarte y disfrutar del trayecto, pero esto no funciona así.

Hizo una pausa, sabiendo que tenía la atención de Damián y el resto de los presentes, dio un largo trago a su margarita y continuó.

—Escribir es más como la vida, no tienes ni puta idea de lo que estás haciendo la mayor parte del tiempo, pero tienes tu intuición y esta te hace de guía. A veces haces planes a corto o largo plazo o a veces sabes dónde vas a estar en un momento determinado, intentas planificarlo todo para sentir qué tienes el control, pero en el fondo, o no tan en el  fondo, sabes perfectamente que nada es seguro, que puede atropellarte un tráiler o salirte un cáncer en cualquier momento e irse todo a la mierda. Así que tienes dos opciones: o te vuelves loco, o lo aceptas e intentas encargarte de lo que realmente está en tu mano.

Damián, perplejo tras el monologo, no estaba seguro de si había entendido o no lo que aquel individuo quería decirle. Este, viendo la cara del chico, sentenció en tono resignado.

—Mira, lo que te quiero decir, es que el mundo de las ideas en realidad no existe y está fuera de tu control, la diferencia la marcan las acciones. Tú decides si sigues soñando con escribir una novela o pasas a la acción y la escribes. Ese es mi consejo: pasa a la acción.

Y hasta ahí llegó su paciencia, se terminó la copa y salió de la cocina sin decir nada más.

Tiempo de lectura: 2 min

Sueño con escribir una novela. Motivo sine qua non de la existencía de este Weblog.

Por ello, podéis imaginar la ilusión que me ha hecho (me hizo) poder ver y tocar, en tinta sobre papel, letras y palabras que había juntado yo y en las cuales yo había decidido el orden de hacerlo.

Esto ha sido así gracias al taller de escritura creativa Móntame una escena de la web de Literautas, que hasta hace poco se realizaba mensualmente y en el que he tenido el placer de participar en varias ocasiones.

El libro del que os hablo es una recopilación de microrrelatos del taller, que podéis conseguir gratuitamente en formato PDF, EPUB y MOBI aquí o a través de Amazon en formato físico en este enlace.

Por cierto, todos los beneficios conseguidos con la venta de la versión física del libro son donados a la ONG Educación sin fronteras.

¡Nos leemos!

Tiempo de lectura: 1 min
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